No es un conciertoTiempo de lectura: 4'

¿Has visto un concierto en la foto de portada? Vuelve a mirar, más atentamente. No, no es un concierto.

A finales de 2017, la foto que ilustra este artículo se hizo viral. Lo que parecía un multitudinario concierto al aire libre no era más que una foto de unas cuantas cosechadoras de algodón haciendo su trabajo durante una noche de invierno en Texas.

Justo ayer, esta imagen volvió a aparecer por las redes con un texto similar a «si lo que ves es un concierto y no una cosechadora es que tienes muchas ganas de concierto». Por otra parte, y también durante este última semana, se ha hablado mucho de un concierto en Barcelona que no era exactamente un concierto. Incluso en los últimos días empezamos a leer comentarios a raíz de una polémica relacionada directamente con los oboístas, pero creo que no voy a hablar de ello, aunque en esta vida las cosas están más conectadas de lo que parece…

La cosa es: no hay conciertos. Hace ahora más de un mes que no hay conciertos. Todos cancelados. Los de los últimos 50 días y los de los próximos meses. No sabemos aún hasta cuando. Los festivales de verano (es igual de qué tipo de música) están suspendidos y si no lo están todavía todo apunta a que lo estarán.

Desde el inicio del confinamiento (y, con él, del teletrabajo), hemos descubierto que tal vez hay cosas que podemos hacer de una manera diferente: nos podemos reunir a distancia, podemos hacer trabajo de oficina desde casa, podemos enseñar y aprender a kilómetros… en mayor o menor medida hay novedades de estas que han llegado para quedarse.

Pero hay otros que no.

Los temas a multipantalla y por pistas no son conciertos. La música al máximo volumen desde ventanas y balcones tampoco son conciertos. Ni siquiera las actuaciones desde casa lo son. Ni los directos en las redes.

Desde el inicio del confinamiento (y, con él, del teletrabajo), hemos descubierto que tal vez hay cosas que podemos hacer de una manera diferente. Pero hay otras que no.Haz click para twittear

La música grabada no acabó con los conciertos a principios del siglo XX. Ni la música en streaming lo ha hecho a principios del XXI. En ambos casos, hay una mayor difusión planetaria de músicas, pero las actuaciones en directo no murieron. Y este virus tampoco debería conseguirlo ahora.

Pero para evitarlo, debería sobrevivir algún músico a esta crisis. La sanitaria y la económica.

Si las diferentes epidemias de peste a lo largo de las últimas décadas del siglo XVII en Europa terminaron con mucha gente (¡y sobre todo con los cornetistas!), este coronavirus se ha llevado las vidas de muchas personas y amenaza la economía mundial. Entre las medidas derivadas del estado de alarma y los ERTEs a cargo del erario público, los artistas que quedan vivos sufren una incertidumbre laboral y económica enorme y una agonía derivada de la falta de medidas y ayudas.

Por el contrario, y en un mundo paralelo digno de Kafka, la música es un arma más de esta supuesta guerra contra el coronavirus. Tras aplaudir, poco después de las 20.00h, suenan músicas. Y los sanitarios bailan para celebrar altas o cierres de hospitales temporales. Danzan porque están vivos. Y necesitan música para hacerlo.

Un concierto grabado en terrazas y balcones de la ciudad con los nombres más conocidos del panorama no sé si es exactamente un concierto. Un espectáculo donde los artistas aceptan cachés testimoniales o renuncian a ellos tal vez está bien. Es una iniciativa, que ya es. Pero la polémica ha estallado cuando se ha conocido la inversión requerida y se ha preguntado qué porcentaje se destina a los músicos. Las dudas han surgido cuando se han empezado a vislumbrar intereses detrás, más allá de la música y los músicos.

Casi la mitad de los artistas y grupos han empezado a anunciar públicamente que no participarán. Se ha suspendido.

Este gran cartel ha caído. Pero, ¿qué pasará con los que ni siquiera estaban en este concierto? ¿Qué pasará con los nombres menos conocidos, aquellos que no están en la primera fila de nada: autónomos (a menudo por fuerza mayor) que ya no facturan, contratados por semanas que hace semanas que no son contratados o los equipos que hay alrededor de cada escenario: logística, producción, luces, sonido, seguridad, limpieza…?

Nada de esto es esencial, ya lo dijo el ministro. Pero ayer cuando paseaba (¡paseaba!), Vecinos de uno y otro lado de la calle improvisaban una fiesta torturando los pobres altavoces de casa con un gran éxito italiano de principios de los 80. Los que pasábamos por las aceras también terminamos un poco afectados, por los decibelios y la calidad del sonido…

Teletrabajo desde casa y buscamos entretenimiento (¿o era cultura?) allí donde podemos. Pero no podemos abrazar, no podemos escuchar respirar a los artistas ni sentir sus sonidos con todo el cuerpo. ¿Cuál es esta vida? ¿Cuál será en el futuro inmediato?

Hace días, cuando todavía no estábamos confinados, compartía con mis alumnos esta actuación de Janis Joplin:

Este ejemplo me sirvió para hablar de unas cuantas cosas. Entre ellas, les confesé que esta versión del «Summertime» de Gershwin tiene algo que me toca personalmente de alguna manera, a un nivel físico. No sé todavía qué es.

No la conocí, por razones evidentes. Pero si me provoca estas sensaciones a distancia, ¿qué me he perdido por no verla en directo?

No tenemos ni idea de cómo será el futuro a raíz de esta pandemia. Pero, ¿qué sobrevivirá de nosotros? ¿Qué música tendremos? ¿Cómo será lo que hacíamos de dejarnos tocar por el sonido, en vivo y en directo? Si acabamos perdiendo eso, perderemos una parte enorme de humanidad.

 

BONUS TRACK | «Las bebidas las paga Pearl». Este era el texto de las invitaciones al funeral de Janis Joplin. Pearl era como la conocían los más cercanos y el nombre del álbum que se publicó póstumamente. Así celebró la vida: dejando pagada una gran fiesta el día de su despedida. Joplin era capaz de algo así y también de provocar esto en sus conciertos. En vivo y en directo.

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