«¡Oh, gran amor!»Tiempo de lectura: 4'

Este artículo llega una semana más tarde de lo esperado. Hace siete días, el sector cultural decidió hacer una parada. Esta es una reflexión fruto de realidades y casualidades.

La crisis del coronavirus es una pandemia. Una afectación de la salud a nivel mundial. Y también se empieza a vislumbrar un crack económico derivado de las consecuencias de las medidas adoptadas para luchar contra su expansión. Hay muchos afectados, muchísimos, en el primer ámbito; y hay, y habrá también, muchos en el segundo. Incluso afectados por una y por la otra…

Hecha esta primera reflexión, digna de ser una frase de Rajoy, quiero evitar que este artículo le parezca frívolo.

El apagón del sector de la cultura del fin de semana pasado fue simbólico, de acuerdo. Como lo es la cultura en general. Pretendía visibilizar la precariedad de los artistas (y no sólo aquellos que reciben la luz de los focos, sino todas las profesiones que hacen que los artistas tengan el escenario y los focos, entre otros).

Mientras que en las redes no paran de anunciarse todo tipo de propuestas culturales y aquellos que pueden intentan sacar adelante el negocio, hay muchos artistas que se ven con un panorama de ingresos cero y una incertidumbre absoluta de cuándo se reabrirán todo tipo de escenarios tras sufrir cancelación tras cancelación.

El amor por el oficio es la única razón por la que todo el sector cultural sigue en pie , trabaja en todos los planos y alimenta ' la sociedad. Esta no es una novedad surgida del coronavirus ni una actividad considerada esencial en estos momentos de crisis.Haz click para twittear

Porque por cada mensaje romantizado de «qué bien este paréntesis que nos permite trabajar en nuestro nuevo disco» hay miles de trabajadores de la cultura que no sólo no se lo pueden permitir sino que luchan por encontrar alguna manera de sobrevivir.

Porque ante la catástrofe, el ministro de cultura ha citado a Orson Welles: “Hoy toca pensar en los enfermos, en salvarles la vida y en parar el virus. Y cuando lo consigamos haremos todo para reactivar la cultura. Porque, como dijo Orson Welles, primero va la vida y luego el cine aunque la vida sin el cine y la cultura tiene poco sentido”.

Yo también he sufrido cancelaciones y aún espero más.

Muy lejos de las declaraciones del ministro, muchos blogs y redes han rescatado una anécdota de la antropóloga Margaret Mead. Ante la pregunta de un alumno sobre cuál era la primera muestra de civilización, ella respondió que un fémur. Un fémur humano de unos 15.000 años. Ni una herramienta, ni un objeto simbólico, ni una pintura: un hueso, roto y curado. Porque después de romperse la pierna, aquel individuo sobrevivió el tiempo suficiente como para que la fractura se soldara. Alguien, la comunidad, había cuidado al propietario de ese hueso roto y le había ayudado a sobrevivir.

La civilización comenzaba con la decisión de no dejar a nadie atrás.

Estos días de confinamiento he aprovechado para traer a casa algunos libros y algunos discos nuevos, para darme cuenta (¡una vez más!) que no tenía un reproductor para escucharlos

Pero ¡ya le he puesto solución! Y el mismo día que llegaba mi aparato, encontraba en el buzón uno de los nuevos discos. Este, en concreto, lo había encargado de una manera extrañísima: vi que el violinista Jorge Jiménez compartía en Twitter una crítica de su nuevo disco, Soledad. El repertorio y la propuesta artística me parecieron interesantísimos y tras intercambiar unos mensajes el disco empezó su viaje hacia Barcelona.

La segunda pista de la grabación es un arreglo para violín solo de este coral de la Pasión según San Juan de Bach:

 

«O große Lieb'» canta el coro en el principio de esta Pasión: «¡Oh, gran amor! ¡Amor sin medida, que te ha llevado a este camino de martirio! Yo vivo el placer y la alegría del mundo y Tú debes sufrir.»

Por mi especialidad, no he tocado nunca las pasiones. Pero para muchos colegas, son temporada alta de trabajo. Todo cancelado.

La metáfora de este coral es que podría ser una cita del ministro. El amor por el oficio es la única razón por la que todo el sector cultural sigue en pie, trabaja en todos los planos y alimenta la sociedad. Esta no es una novedad surgida del coronavirus ni una actividad considerada esencial en estos momentos de crisis. Estos días, algunos amigos y conocidos explicaban públicamente la pasión que les está tocando vivir: los vecinos están mostrando claramente su malestar porque los músicos estudiamos en casa y no lo hacemos en locales y salas de ensayo, ni escuelas ni auditorios, que permanecen todos cerrados.

Ahora bien, a las 20.10h los mismos vecinos capturan con sus móviles las intervenciones de los artistas, después de los aplausos. Y los medios se hacen eco y entrevistan a estos héroes culturales, que contribuyen a mantener la cordura durante el via crucis. Tampoco se salvan los trabajadores del sector sanitario, con algunos casos de carteles en los portales donde viven: los vecinos los atacan como fuente de contagio.

Auténtica miserabilidad humana. Lo mejor y lo peor de cada uno de nosotros en momentos de crisis.

Ah, también he tenido tiempo de ver alguna película. O de volverla a ver. Un fin ejemplo de mi género favorito para este momento: 28 days after. Hacia la mitad del film, ella le dice a él: «Estabas pensando que nunca más escucharás otra pieza de música original. Nunca leerás un libro que no esté ya escrito. Ni verás una película que no ha sido ya filmada.»

Esta es una imagen del fin del mundo más potente que ver mil imágenes de Londres destrozado. O jabalíes por la Diagonal.

 

BONUS TRACK | El disco del Jorge lo puede conseguir en su página web. También podéis escuchar la versión del coral de la que hablaba en plataformas digitales como Spotify.

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