Guía para aplaudir (parte 4)Tiempo de lectura: 4'

Cuando pensaba que la ‘Guía para aplaudir‘ que he ido desarrollando en tres artículos anteriores no necesitaba ningún añadido, va y me pasa esto…

El último de los consejos de la guía decía: «Hay finales en los que NO se aplaude.» Había pensado firmemente que era uno de los más evidentes y que con el ejemplo de Claudio Abbado dirigiendo el Réquiem de Mozart ya quedaba bastante claro. Pero no. Me equivocaba.

Porque el pasado fin de semana viví no uno sino dos episodios de desaplausos. Dejadme explicarlo: fui a escuchar la OBC en L’Auditori. De hecho, ya había estado el viernes anterior en el ensayo general con los Amics de l’Orquestra y tuvimos la oportunidad de ver al maestro Josep Pons trabajar un par de las danzas que presentaba en la primera parte del concierto y escuchar toda la segunda, al completo: El castillo de Barbazul de Bartók. Incluso pudimos disfrutar de un rato de conversación con el director, con sus impresiones sobre la obra, el trabajo de la semana y su opinión sobre la necesidad de las artes en la sociedad actual.

'El castillo de Barbazul' es de aquellas obras que te dejan con la necesidad de respirar al final, dejar ir un poco la tensión, intentar rehacerte y, si finalmente puedes, agradecer el trabajo de los músicos aplaudiendo. O eso pensaba yo.Haz click para twittear

Pues empieza el concierto el sábado. Como decía, la primera parte son dos danzas de Dvořák y dos de Brahms. Acaba la primera danza y una parte del público aplaude. Pongamos que una cuarta parte. ¿Por qué se ponen a aplaudir? ¿Porque quizá les ha gustado este primer número? No sé, digo yo… Inmediatamente, otro sector del público hizo callar este atrevimiento inaudito, mientras a mí me entraban todavía más ganas de aplaudir. ¿Por qué no se puede aplaudir allá?

La primera danza era la número 1 del opus 72. La siguiente era la número 2. ¿Quizá no se podía cortar la interpretación de las danzas por alguna desconocida razón de unidad entre ambas? ¿Alguna sutileza armónico-tonal que las conecta indisolublemente? Después, empiezan las dos danzas de Brahms, las hungaresas número 1 y 3. Nadie se atrevió a aplaudir entremedias. ¿Quizá existe una desconocida razón de unidad (entre la primera y la tercera, obviando que falta otra a la mitad?).

Pero la velada en L’Auditori todavía guardaba una sorpresa después de estos desacuerdos en los aplausos entre los desaforados defensores del protocolo sólo-se-aplaude-al-final contra los felices y espontáneos entusiastas de los bailables de Dvořák.

La segunda parte del concierto no daba pie a interrumpir con aplausos la ópera en un acto de Bartók. La sorpresa nos esperaba al final. Para situaros: el argumento es terrible y (ALERTA ESPÓILER) ella muere al final. Para decirlo sutilmente, Barbazul es un duque que tiene en casa salas de armas y cámaras de tortura, además de un mar de lágrimas y nubes que amenazan con llover sangre sobre el paisaje. Ah, y una habitación con les anteriores amantes (más o menos) muertas. Ella es Judith, la nueva mujer del noble, que acaba formando parte de la colección de ex-esposas zombies. En tiempos de Bartók no existía el 25N…

El final es cuando la mata (o congela, o diseca, o embalsama). Esto:

 

La orquesta juega un papel fundamental durante toda la obra. No es un personaje más, sino que se convierte en un elemento principal que soporta un peso enorme en el desarrollo de la trama. La música de Bartók es disonante y desgarradora durante la mayor parte de la ópera.

El castillo de Barbazul es de aquellas obras que te dejan con la necesidad de respirar al final, dejar ir un poco la tensión, intentar rehacerte y, si finalmente puedes, agradecer el trabajo de los músicos aplaudiendo. O eso pensaba yo (y el 99,99% del público de la sala). Porque hubo un espontáneo o espontánea que decidió arrancar a aplaudir cuando aún resonaba la última nota de la sección de violoncellos y contrabajos, cuando el maestro Pons todavía tenía el gesto en tensión, cuando ninguno de los músicos había movido ni una pestaña. Cuando (casi) todo el mundo contenía la respiración.

Habría cogido todas las armas blancas de la sala de tortura de Barbazul que ilustran la portada de este artículo… ¿dónde habían estado aquel cerebro, aquellos oídos y aquellas manos durante la última hora?

Para evitar mis futuros delitos, compartid este artículo. Quizá le llega a este espontáneo o espontánea y puede arrepentirse de sus pecados aplaudidores, que también existen. Y, de paso, evitarme ir a la cárcel un día de éstos. Ora pro sibi. Amen.

 

BONUS TRACK | ¡Abbado, más Abbado! 125 segundos de silencio después del «Adagio» de la Novena de Mahler (intentad respirar y no morir ahogados después de la tensión que queda en el ambiente).

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