La tuba en el ‘Nuevo Mundo’Tiempo de lectura: 3'

Hace 125 años que el compositor Antonín Dvořák nos regaló una de las sinfonías más conocidas de todos los tiempos. En la orquesta que la estrenó, la Filarmónica de Nueva York, dos músicos la recibieron de maneras muy diferentes.

Antes de empezar sólo una aclaración: la Novena de Dvořák es la sinfonía ‘desde el Nuevo Mundo’ (y no la ‘del Nuevo Mundo’). Es una diferencia sutil pero importante y ya que has llegado a leer hasta esta línea, ya podrás decir que «no te acostarás sin saber una cosa más».

En otras palabras, que más que una dedicatoria a América, era una definición del sitio desde donde la escribía. Porque el compositor había dejado su Bohemia natal para dirigir el Conservatorio Nacional de Música en Nova York.

Durante su estancia (entre 1892 y 1895), entró en contacto con las músicas indígenas y los cantos de negro de los EEUU.

De estos últimos, Dvořák afirmaba rotundamente que debían de ser la base de una auténtica escuela de composición propia del país. Mientras a la vez explicaba que en la sinfonía no había utilizado ninguna melodía preexistente, sino que todo eran melodías originales inspiradas en aquellas otras.

El estreno fue un éxito sin discusión y muy rápidamente las orquestas en Europa la interpretaron también. Dvořák triunfó más que Depardieu en 1492

De entre sus movimientos, nos ocupamos ahora del segundo, el «Largo», con el solo de corno inglés más famoso de la historia (con la excepción del también movimiento lento del Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo). Sí, el corno inglés es el auténtico protagonista y seguro que el solista de Nueva York estuvo muy orgulloso de tocar esta sinfonía. Pero igualmente seguro que al tubista no le entusiasmó su parte.

El Largo de la 'Sinfonía desde el Nuevo Mundo' de Dvořák tiene el solo de corno inglés más famoso de la historia. La tuba también toca este segundo movimiento. De hecho, no tiene más música escrita. Toca el coral del inicio: 7 notas. Y lo mismo al final del movimiento,...Haz click para twittear

La tuba también toca en el segundo movimiento. De hecho, no tiene más música escrita que el «Largo». Toca el coral del inicio (junto a los otros instrumentos de metal: trombones, trompas y trompetas): 7 notas. Y (casi) lo mismo al final del movimiento. Y además, dobla el trombón bajo. Es decir: toca las mismas notas que el colega de al lado…

Aunque algunos directores optan por sumar al tubista en algunos de los tutti de la sinfonía y así reforzarlos (y evitar el aburrimiento hasta el extremo del músico), la cruda realidad es que el compositor sólo escribió estos pocos segundos de gloria para la tuba (en una sinfonía que dura unos 45 minutos…). Además, no fue hasta comenzar los ensayos con la orquesta que decidió añadir estos fragmentos. Qué, ya no os parece tan glamurosa la vida del músico, ¿no?

El por qué de esta decisión tiene dos posibles respuestas: una mucho más cercana al cotilleo y otra con base musical (y ambas compatibles). La primera hace referencia a una posible infidelidad de la esposa de Dvořák con un tubista… La segunda explica que el compositor, durante las primeras pruebas con la orquesta, echó en falta la profundidad del timbre y el cuerpo del sonido de la tuba en el citado coral. Recordamos que aunque haga las mismas notas que el trombón bajo, la presencia de la tuba marca una diferencia importante en el resultado sonoro final.

Así que el tubista, por cualquiera de los dos motivos, se quedó sin semana libre.

I suena así el movimiento:

BONUS TRACK | Unos cuantos años después del estreno de la sinfonía, William Arms Fisher (alumno de Dvořák) transformó este segundo movimiento en una especie de espiritual, con el título «Goin’ home«. Uno de los cantantes que más popularizó la versión fue Paul Robeson, que necesitaría un artículo para él solo…

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